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Los beneficios emocionales de cuidar el medioambiente

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El ser humano, aunque a menudo se nos olvide, es y forma parte de la naturaleza. Estar en contacto y en sintonía con el medioambiente nos genera toda una serie de beneficios, tanto físicos como emocionales. Por ello de algún modo al cuidar el entorno natural también lo estamos haciendo a nosotros mismos. Prestar atención al paisaje hace que tengamos un mayor contacto con la naturaleza, y la falta de este pacto con nuestra esencia vital puede facilitar que desarrollemos carencias a nivel emocional. Aunque suene raro, podríamos estar hablando del llamado “trastorno por déficit de Naturaleza”.

Se ha venido demostrando que los niños que se crían en zonas rurales, con una mayor presencia de lo natural y, por tanto, más conscientes del cuidado de lo que les rodea, presentan una mayor concentración y autodisciplina, son más imaginativos, tienen más facilidad para divertirse y colaborar en grupo, son más observadores, muestran más capacidad de razonamiento y son más serenos, independientes y desarrollan menos miedos e inseguridades.

Las personas que pasan más tiempo en contacto con la naturaleza tienden a experimentar emociones más positivas, albergan más vitalidad, felicidad y manifiestan una armónica satisfacción con la vida (Capaldi, Dopko y Zelenski, 2014).

Los investigadores José Antonio Corraliza y Silvia Collado, de la Universidad Autónoma de Madrid, concluyeron que “aquellos niños que disfrutan de un mayor contacto con el medio natural son capaces de afrontar mejor algunas situaciones adversas a las que son expuestos habitualmente, y además sufren menos estrés del que cabría esperar si no contasen con este factor protector que es la naturaleza”.

Obviamente, no todo es así de fácil. El mero contacto con la naturaleza no evita que suframos ansiedad, pero si nos sumergimos conscientemente en un paraje natural y atendemos sin prisas a lo que nos rodea, esa percepción nos brindará la capacidad para regular mejor el estrés y no nos veremos desbordados por ello.

Detrás de estas conclusiones puede haber lógicamente razones biológicas, pues aunque el ser humano se haya adaptado al modo de vida urbano, el cerebro sabe que no es su medio natural, y todavía añora estímulos primitivos más conectados con la madre Tierra. No olvidemos que durante milenios la especie humana desarrolló en la misma naturaleza las estrategias de adaptación más exitosas para su supervivencia, y allí es donde debería regresar para restaurar los valores perdidos o simplemente desubicados por los tiempos actuales.

La naturaleza ofrece una cantidad tan elevada de incentivos, que la relación con ella provoca un estímulo directo en las neuronas, en las emociones y supone una experiencia que genera un inmediato bienestar. El sencillo pero maravilloso hecho de oler intensamente una flor, contemplar la amplitud del campo, un atardecer en el mar o escuchar el canto de un pájaro provoca en el ser humano sentimientos positivos, y estos se almacenan fácilmente en la memoria, a la cual podremos recurrir cuando necesitemos sentirnos bien. Y no se equivoquen: desde la ciencia sabemos que es más rentable invertir en experiencias que en objetos materiales. El valor de lo vivido perdura en nuestro recuerdo, en el tiempo; por el contrario, las adquisiciones físicas y palpables pierden valor desde el momento que las recibimos.

También, el contacto con la naturaleza mejora la tolerancia a la frustración, algo que los psicólogos consideramos esencial para nuestro bienestar emocional. Los campesinos saben bien que no se puede luchar contra los elementos: si llueve, te mojas; si hay que subir por un sendero pedregoso, no puedes evitarlo; es mejor no coger atajos, porque quizá te pierdas… El hecho de aceptar las incomodidades del clima y del terreno son situaciones extrapolables a los retos de la vida diaria, en toda clase de situaciones. Uno tropieza, se moja, se cae, se mantiene erguido frente al viento. No podemos controlar ciertas circunstancias, pero sí manejar nuestra actitud frente a ellas.

Otro beneficio de la naturaleza es que desarrolla la empatía, esa maravillosa capacidad de ponernos en el lugar del otro, ver la realidad desde otro punto de vista, fuera de nosotros. Según una investigación de Sevillano Triguero (2007), las personas menos empáticas se muestran poco interesadas por los problemas ambientales, como si no les afectaran.

Hoy sabemos, desde la psicología, que el mindfulness es significativamente beneficioso para la salud emocional. Y si además lo combinamos con un paisaje natural, mucho mejor. Por tanto, presenciar un entorno natural genera mayor serenidad, al potenciar la capacidad de observación y atención plena.

Sentirnos más agradecidos es otro de los beneficios que encontramos al entrar en contacto con el medioambiente, y los estudios demuestran que el corazón de las personas agradecidas late mejor, pues ese estado libera endorfinas que regulan la presión sanguínea. Está más que comprobado que valorar y reconocer lo positivo hace que tu cerebro se oriente hacia las cosas buenas y los detalles agradables, convirtiéndote así en un detector y potenciador de momentos de bienestar.

Pero no todo es psicología. La ciencia constata que en los espacios naturales se generan iones negativos que mejoran el estado de ánimo; por ello dar un paseo por el campo ayuda a descargar el malestar y llenarnos de energía saludable y equilibrada. Numerosos estudios han relacionado la exposición a la naturaleza con el incremento de la vitalidad y una mayor sensación de felicidad. Por ejemplo, las personas que participan en excursiones al campo declaran sentirse más vivas, y que el solo recuerdo de esas experiencias al aire libre las hace sentirse más alegres. Así que, de paso, regulamos las emociones negativas. Nada como un paseo entre árboles para calmar la agresividad o reducir el enfado.

Y si nos resulta inaccesible salir de la ciudad, investigadores de la Universidad de Texas han constatado que las personas que cuidan de sus plantas, con o sin jardín, manifiestan significativamente una mayor satisfacción con sus vidas. Todo esto no debería resultarnos sorprendente. El ser humano ha evolucionado durante milenios estando en pleno contacto con la naturaleza. De modo que nuestras funciones fisiológicas y psicológicas están adaptadas a ello, y eso es lo que el cuerpo reconoce como sano y equilibrado. Por ello no debemos desterrar nuestra propia esencia, que es estar en contacto directo con lo natural.

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