Insectos, la proteína de moda
Comer insectos está de moda. Su elevado contenido en proteínas y nutrientes de alta calidad los han convertido en auténticos superalimentos que deberíamos incluir en nuestra alimentación diaria. Pero ¿realmente es así?
En el post de hoy, hablaremos de si la entomofagia, que es como se le denomina al consumo de insectos, nos aporta tantos beneficios para nuestra salud como se cree.
Qué nos dice la FAO…
Comer insectos no es tan novedoso como parece. Los insectos forman parte de la alimentación tradicional en muchas culturas de África, Asia y América Latina. Según un informe de la FAO, la organización de la ONU para la alimentación y la agricultura, indica que aproximadamente más 2000 millones de personas comen regularmente una o más de las 1900 especies conocidas de insectos comestibles.
La FAO recomienda incluir el consumo de insectos en la dieta para combatir el hambre en el mundo. Los insectos proporcionan un elevado contenido en proteínas en comparación con la carne y el pescado. Además, la mayor parte de las especies de insectos contienen niveles elevados de ácidos grasos (comparables con el pescado). También son ricos en fibra y micronutrientes como cobre, hierro, magnesio, fósforo, manganeso, selenio y zinc.
El consumo de insectos presenta grandes ventajas ambientales: son mucho más eficientes, ya que crecen muy rápido y no usan mucho espacio, utilizan mucha menos agua y no generan tantos gases como la ganadería.
Además, los insectos plantean un riesgo reducido de transmisión de enfermedades zoonóticas (enfermedades que se transmiten de los animales a los humanos) como la gripe aviar o la enfermedad de las vacas locas.
Parece que todo son ventajas, pero ¿Cuál es la realidad?
A pesar de que en el 80% de las culturas del mundo los insectos son algo habitual en la dieta, en la nuestra son considerados como algo desagradable, sinónimos de suciedad y portadores de enfermedades.
Así que, para que no nos creen rechazo, los insectos no suelen comercializarse de forma natural, es decir, como los encontraríamos en el campo. Lo más común es utilizar la harina de insectos para elaborar la base de ciertos alimentos, como, por ejemplo, barritas, o bien aliñarlos con especias para que tenga un sabor más apetitoso, y venderlos en forma de pequeñas cajitas.
Lo que podría parecer ser una opción saludable se convierte en algo menos recomendable, ya que se trata de productos procesados que vienen acompañados de ingredientes insanos (azúcares, grasas refinadas, aditivos…) ¡y no insectos solo!
Evidentemente no todos los alimentos procesados son iguales. Tenemos la gran suerte de que existen alimentos procesados bastante correctos y saludables, que nos facilitan muchísimo nuestro día a día, pero de momento esto no ocurre con los productos a base de insectos.
Y a nivel nutricional, ¿qué sucede?
Las características más destacables de los insectos es su alto contenido en proteínas, (aportan entre 40-50 gramos de proteína por 100 gramos de insecto) y su elevado porcentaje ácidos grasos y omega 3, similar al del pescado en algunos insectos.
Para que podáis compararlo, la carne contiene 16-22 gramos de proteína/100gr, el pescado 18-20 gramos de proteína/100gr y el huevo 12-15 gramos de proteína/100gr.
Sí, claro que es cierto que el aporte de proteínas de los insectos es muy alto, pero no debemos fijarnos en el aporte por 100gr, sino en la cantidad que ingerimos de cada uno de ellos, es decir, en lo que denominamos su aporte por ración.
Como os he comentado, en el mercado, lo más habitual son las barritas (que contienen aprox 5-6% de harina de insecto) o las cajitas de grillos o gusanos con especias (contiene 15-20gr de insectos). Por lo que si consumimos una barrita estamos ingiriendo entre 6-5gr de proteína y si tomamos una cajita de grillos 7-5gr de proteínas.
¿Esto qué quiere decir? Pues que la cantidad de proteína por ración que nos aporta (barrita o cajita) no es tan elevada, y tendríamos que consumir grandes cantidades de ellos para beneficiarnos de su riqueza proteica.
Tenemos la gran suerte de que disponemos de otros alimentos proteicos, que nos permiten obtener más proteínas y los mismos ácidos grasos poliinsaturados que los productos a base de insectos. Por ejemplo, una lata de atún al natural baja en sal nos aportaría 10-12gr de proteínas. Y muchísimo más accesible, porque el kilo de grillo ronda los 500€ ¡que se dice pronto!
¿Creéis realmente que el consumo de insectos aporta suficientes beneficios para incluirlos en nuestra alimentación diaria?
Mi opinión como nutricionista, es que mientras los insectos no se consuman en su forma natural ¡rotundamente NO!
El consumo de insectos tiene cabida, de momento, en aquellos países donde los recursos son escasos y el acceso a los alimentos proteicos resulta muy difícil. En estas situaciones, sí que podemos afirmar que insectos son una muy buena alternativa nutricional.
En los países industrializados como el nuestro, si queremos beneficiarnos del elevado aporte proteico de los insectos es totalmente absurdo, ya que existen opciones de alimentos naturales muchísimo más accesible, que, por ración nos aportan un contenido similar en proteínas.
Consumirlos por sus ventajas ambientales, no es un argumento de peso, ya que debéis saber que actualmente los insectos son importados de otros países por lo que la sostenibilidad ¡nada de nada!
Probarlos para degustar algo diferente puede resultar interesante e incluso divertido, pero consumirlos diariamente en nuestra alimentación, ¡por supuesto que no!
A pesar de que los insectos ya están incluidos como nuevos alimentos en el Reglamento (UE) 2015/2283, la EFSA (Agencia Europea de Seguridad Alimentaria) ha elaborado un informe sobre el consumo de insectos criados en granja en el que concluye que tienen unos ciertos riesgos químicos y biológicos.
Además, todavía no disponemos de recomendaciones generales sobre la ingesta de insectos, y se necesitan más evaluaciones e informes sobre el tema.
Así que, en mi opinión, para que el consumo de insectos tuviera sentido en nuestra alimentación diaria, deberíamos esperar a que se realizarán más estudios y se establecieran las pautas alimentarias concretas. Y, siempre y cuando se garantice que la producción de insectos se realizara en nuestro país para asegurar la sostenibilidad y los consumamos en su estado natural para aprovechar todos sus beneficios nutricionales.
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Huertos urbanos. Cultivando alimentos en la ciudad.
La horticultura urbana comenzó en los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial y llegó a proporcionar hasta el 40% de los alimentos que se consumían en las ciudades[1]. Se hicieron conocidos como “huertos de la victoria” y se convirtieron en indispensables para garantizar el suministro de alimentos cuando era imposible depender de las importaciones.
Hoy en día, en cambio, los huertos urbanos constituyen una alternativa medioambiental, social y lúdica en muchas ciudades[2].
¿Dónde podemos cultivar?
Cultivar en la ciudad es posible. En cualquier terraza o balcón, por pequeño que sea, podemos encontrar un espacio para cosechar de cara al autoconsumo[3]. No existe un lugar ideal para establecer un pequeño huerto urbano, pero las terrazas, jardines o azoteas pueden ofrecer más posibilidades. Sin embargo, cualquier balcón ventana con mucha luz son suficientes para empezar, eso sí, en macetas.
¿Qué podemos cultivar?
Desde disfrutar de distintas plantas aromáticas, hasta plantar árboles frutales, las combinaciones que ofrecen estos nuevos espacios hortofrutícolas son muy variadas. Todo depende del tiempo y cuidados que queramos dedicarle. Además, este tipo de prácticas pueden ser útiles para reincorporar el uso de especies autóctonas, reducir el uso de pesticidas o evitar los tiempos de transporte y almacenamiento de los vegetales que se quieran consumir[4].
Retomar el contacto con la naturaleza
La idea es la de retomar el contacto y experimentar con la naturaleza. Pasar tiempo al aire libre, observar la naturaleza, o relajarse pueden ser buenos motivos para iniciarse en la agricultura urbana, pero es que además, cultivar en plena ciudad puede tener otras utilidades y contemplarse desde muchos puntos de vista4: a nivel culinario, ofrece la posibilidad de obtener productos frescos de muy alta calidad, y de utilizarlos recién recolectados, y a nivel ambiental genera una mayor concienciación sobre la importancia de cuidar el planeta (además de que contribuyen a aumentar la superficie de espacios verdes en las ciudades). Contemplados desde la óptica de la enseñanza, los huertos urbanos son una herramienta muy útil para enseñar a niños y jóvenes a incluir más vegetales en su alimentación, así como a conocer de dónde vienen los alimentos que comen a diario. Finalmente, desde una perspectiva estética, la plantación de frutas y verduras en jardines puede lucir muy aparente y llamativa dada la variedad de colores y formas que presentan estos dos grupos de alimentos.
Nacido de un deseo por volver a conectar la producción con el consumo de alimentos, el fenómeno de la agricultura urbana refleja una conciencia creciente de cómo la comida y la agricultura pueden dar forma a nuestras ciudades[5].
Puesto que en la actualidad ya existen distintos proyectos tanto públicos (por ejemplo, huertos vecinales), como privados (alquiler de parcelas) si quieres iniciarte en la actividad sólo tienes que buscar el tiempo y/o espacios necesarios.
[1] Fernández Casadevante, J. L. Huertos comunitarios y la reinvención de los bienes comunes urbanos. Federación Regional de Asociaciones de Vecinos de Madrid. Centro Complutense de Estudios e Información Medioambiental (CCEIM); 2010.
[2] Villace B, Labajos L, Aceituno-Mata L, Morales R, Pardo de Santayana M. La naturaleza cercana. Huertos urbanos colectivos madrileños. Madrid: Secretaría General Técnica Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente; 2014. Ambienta nº 107. Agricultura familiar y huertos urbanos.
[3] Casanovas E. Manual de iniciación al huerto urbano [Internet]. Bauhaus; 2013. Disponible en: http://media.firabcn.es/content/S112014/docs/Manual_iniciacion_huerto_urbano.pdf
[4] Kirkpatrick JB, Davison A. Home-grown: Gardens, practices and motivations in urban domestic vegetable production. Landscape and Urban Planning. 201;170:24-33.
[5] Thomaier S, Specht K, Henckel D, Dierich A, Siebert R, Freisinger U, Sawicka M. Farming in and on urban buildings: Present practice and specific novelties of Zero-Acreage Farming (ZFarming). Renewable Agriculture and Food Systems. 2015;30(1):43-54.